Sobre mí
Nací en Valdivia, Chile. Fui una niña inquieta y curiosa, pero también sentí, muy pronto, que no encajaba del todo — muchas veces me dijeron que era difícil, conflictiva. Buscaba mi independencia sin pedir permiso, y peleaba por hacer las cosas a mi manera. Era buena estudiante y deportista, pero nada de eso se me dio con facilidad: cada cosa la conseguí a fuerza de insistir. Esa insistencia, con el tiempo, se volvió la fortaleza que todavía sostengo.

Crecer así —sintiéndome incomprendida, con un carácter que generaba roces dentro y fuera de mi familia— terminó en mi primera etiqueta, en la adolescencia: depresión. Me marcó profundamente, y me empujó a un camino de rebeldía que, mirado desde hoy, también fue un camino de autoconocimiento: el intento, todavía en curso, de «superar» esa etiqueta. Ese mismo camino, sin que lo planeara entonces, fue el que me acercó a estudiar el cuerpo y la mente de los demás.
Así llegué a la terapia ocupacional, en la Universidad Austral de Chile — la primera vez que sentí que estudiaba algo hecho a mi medida: entender por qué un cuerpo, o una mente, procesan el mundo de una manera que no siempre calza con lo esperado.
Pero el aula no me bastó. Terminé la carrera y crucé el mundo hasta Tailandia, sin un plan demasiado claro, solo con la intuición de que necesitaba ver otras formas de habitar un cuerpo, otras formas de entender el tiempo y la comunidad. Pasé un año recorriendo el sudeste asiático, y me enamoré —de una calma que no exigía prisa, de su gente, de una manera de estar en el mundo que en Chile nunca había visto tan de cerca. Me enamoré tanto, que volví una segunda vez, esta vez a quedarme a trabajar allá.


Cuando esa etapa terminó, seguí hasta la India, a Rishikesh, a orillas del Ganges — la cuna del yoga. Ahí aprendí, con las manos y con el cuerpo, lo que ningún libro de universidad me había enseñado: que el cuerpo también piensa, también recuerda, también se organiza a su propio ritmo, mucho antes de que la mente entienda por qué.
Diez años como terapeuta ocupacional infantil, siete enseñando yoga — y durante casi todo ese tiempo, viví convencida de que ya sabía lo que hacía falta decirle a una familia.
Miro hacia atrás y entiendo algo que de niña no tenía cómo nombrar: esa primera etiqueta no apareció de la nada — apareció porque todavía nadie sabía leer bien un cuerpo y una mente que procesaban el mundo de otra manera.
Soy neurodivergente y soy mamá. Durante años, esas dos partes de mí vivieron en habitaciones separadas de la misma casa, sin cruzarse demasiado.
Hasta que dejaron de estar separadas. Ser mamá me quitó todas las máscaras.
Sé lo que es sentarme frente a una familia y explicarle, con calma, cómo funciona el sistema nervioso de su hijo. Lo hice cientos de veces, y todavía lo hago. Pero hay una distancia enorme entre explicarlo en una consulta y sostenerlo en la propia cocina, de madrugada, cuando el niño que no logra dormir es el tuyo.
Esa distancia me cambió. No la teoría — la vida adentro de la teoría.
Empecé a notar algo que ninguna formación me había preparado para ver: no basta con entender qué le pasa a un hijo. Hay que aprender a mirar la propia casa distinto — a cambiar la pregunta automática por una que deje espacio a la curiosidad, antes que al juicio. Y ese cambio no ocurre en una hora a la semana. Ocurre, o no ocurre, en todas las horas que quedan alrededor.
Empecé por mi propia casa. Ahí aprendí, en carne propia, algo que hasta entonces solo había enseñado desde afuera: que nadie puede sostener a un hijo desregulado sin aprender primero a sostenerse a sí misma.
Desde entonces he acompañado familias desde Chile, desde México —donde viví años, siempre en movimiento— y desde cualquier lugar donde me tocara estar, porque aprendí a construir puentes digitales cuando la distancia física no me dejaba otra opción.
Esto que escribo no nace de una teoría leída una sola vez. Nace de una consulta, de una casa, y de un cuerpo —el mío— que también tuvo que aprender a habitarse, antes de poder acompañar a otros a hacerlo.

Después de años de movimiento —de maletas que se abren y se cierran, de ciudades nuevas, de una familia nómade que aprendió a construir hogar en cualquier lugar donde aterrizara— siento que este es el momento de volver. No solo a mi ciudad natal, sino a algo más difícil de nombrar: a la raíz de todo esto.
Kawa nació en el camino. Entre países, entre mudanzas, entre noches distintas cada vez, armando y desarmando rutinas para que mis hijos —y yo— pudiéramos seguir encontrando calma aunque el paisaje cambiara cada pocos meses. Ahora quiero traerlo de vuelta a casa. Traerme de vuelta a mí. Y sembrar ahí, en la misma tierra donde todo empezó, todo lo que ese movimiento —el de afuera, y el de mucho más adentro— me enseñó.
Porque a veces hay que irse muy lejos, por fuera y por dentro, para entender qué significa, en realidad, quedarse quieto.