El sentido que casi nunca falla, sea cual sea tu hijo
La semana pasada te conté algo que pasó en un taller: de toda una sala llena de madres y padres, solo una persona conocía la propiocepción, el sistema vestibular y la interocepción. Y te prometí que íbamos a ir mirando, uno a uno, estos sentidos, con calma.
Empecemos por el que más uso, casi todos los días, con las familias que acompaño: la propiocepción. Y voy a explicarte por qué, si solo pudieras aprender uno de estos tres, este sería el que yo elegiría para ti.
Qué es, en palabras simples
La propiocepción es la información que llega desde tus músculos, tus tendones y tus articulaciones. Le dice a tu cuerpo dónde está cada parte, sin que tengas que mirar. Gracias a ella puedes caminar sin ver tus pies, o abrazar a alguien sin apretar de más — tu cuerpo ya sabe cuánta fuerza está usando.
Cuando este sistema recibe la información que necesita, el cuerpo se siente organizado, en su lugar. Cuando no recibe suficiente, la busca como sea: empujando, chocando, saltando, abrazando fuerte, mordiendo cosas. Es el cuerpo en acción hacia su propia manera de regularse, de habitarse a sí mismo.
Si alguna vez te preguntaste por qué tu hijo choca «sin querer» contra los muebles, o por qué abraza con una fuerza que a veces incomoda, probablemente esto es lo que está pasando.
Por qué esta, y no otra, es la que más recomiendo
De todos los sentidos, la propiocepción tiene algo que la hace distinta a los demás: no depende tanto de las características sensoriales de tu hijo. El tacto, el sonido, la luz — todo eso varía mucho según cómo procesa cada persona el mundo. La propiocepción, en cambio, se procesa de forma parecida en casi todos los sistemas nerviosos, niños y adultos por igual.
Eso significa algo muy práctico para ti: no necesitas saber exactamente qué perfil sensorial tiene tu hijo para empezar a usar esta herramienta. Funciona como punto de partida casi siempre, y ayuda a organizar el sistema nervioso si la usas de forma cotidiana y consistente. Pero ojo: no es una solución mágica para el momento de una crisis.
Cómo se ve esto en un día común
Antes de darte actividades, quiero que reconozcas la propiocepción en momentos que ya viste esta semana, sin saber que tenían nombre:
- Tu hijo pide que lo abraces, fuerte, muy fuerte, no un abrazo cualquiera.
- Salta desde el sofá, aunque le hayas pedido mil veces que no.
- Se mete debajo de los cojines, se envuelve apretado en una manta o se aprieta entre tus piernas.
- Le encanta cargar cosas pesadas, o empujar el carro del supermercado.
- Mastica cosas que no son comida, o pide alimentos crujientes constantemente.
Todo eso es el cuerpo buscando información propioceptiva. No tienes que eliminar estas conductas — puedes, en cambio, darles un lugar seguro para que ocurran.
Cinco formas simples de dársela, hoy mismo
No necesitas equipos especiales ni mucho tiempo. Esto es lo que suelo recomendar como primer paso, sin importar la edad:
- Cargar peso. Una mochila con libros, las bolsas del supermercado, una caja liviana de una habitación a otra.
- Empujar y tirar. Empujar la pared con las dos manos contando hasta diez, arrastrar una caja, tirar de una cuerda.
- Saltar. Sobre un colchón, sobre cojines en el suelo, o simplemente en el sitio.
- Abrazos firmes y sostenidos. Si tu hijo los tolera y los pide, un abrazo con presión real, no uno ligero.
- Masticar algo crujiente o resistente. Zanahoria cruda, manzana, algo que exija masticar con fuerza.
Puedes ofrecer una de estas antes de una situación que sueles anticipar como difícil — antes de salir de casa, antes de sentarse a comer, antes de una tarea que requiera de su atención.
Una última cosa: no se ofrecen estas actividades como castigo o premio, sino como una forma de ayudar al cuerpo de tu hijo(a) a organizarse antes del desafío que identificaste.
La semana que viene
Ya viste el sentido que casi nunca falla. La próxima vez te quiero contar del que más se malinterpreta: el sistema vestibular — el que explica tanto al niño que no puede parar de moverse, como al que le teme a un columpio a treinta centímetros del suelo. Son dos reacciones opuestas, del mismo sistema.
Si esta semana probaste alguna de estas cinco actividades, cuéntame qué notaste. Y si conoces a otra familia que necesite leer esto, compártesela — como dije la vez pasada, nadie debería llegar a esta información solo después de una crisis.