Los sentidos que nadie te explicó (y que explican casi todo)
Ayer hice una pregunta en un taller que llevo haciendo hace tiempo, y el resultado nunca deja de sorprenderme: ¿quién ha escuchado hablar del sistema vestibular? ¿De la propiocepción? ¿De la interocepción?
En una sala llena de madres y padres, una sola persona levantó la mano.
Era una mamá que ya había pasado por terapia ocupacional con su hijo, que es autista. La integración sensorial le había cambiado la forma de entenderlo — y se notaba. Hablaba de estos sentidos como quien habla de algo que le devolvió el piso bajo los pies.
El resto de la sala, no. Y no porque no les importara. Simplemente nadie se los había explicado antes.
Ahí pensé algo que no se me ha ido de la cabeza desde entonces: esta información —que puede cambiar por completo cómo miras a tu hijo en un día difícil— debería llegar antes de una crisis, antes de un diagnóstico, antes de la primera derivación a terapia. No después. No solo para quienes ya están dentro del sistema.
Así que quiero empezar por acá.
Cinco sentidos son la mitad de la historia
Todos aprendimos, en algún momento, que tenemos cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto, tacto. Es verdad, pero es una verdad incompleta. El cuerpo tiene, al menos, tres sentidos más — y son, justamente, los que más pesan cuando hablamos de regulación.
La propiocepción es la información que viene de los músculos y las articulaciones. Le dice al cuerpo dónde está cada parte, sin necesidad de mirar. Es lo que te permite caminar sin ver tus pies, o abrazar sin apretar de más. Cuando un niño choca «sin querer» contra los muebles, o abraza con demasiada fuerza, muchas veces no es descuido — es que su cuerpo está buscando, sin saberlo, más información de este tipo.
El sistema vestibular vive en el oído interno, y procesa el equilibrio y el movimiento. Es la base de por qué algunos niños no pueden parar de moverse para poder, después, concentrarse — y por qué otros le temen a un columpio a treinta centímetros del suelo, mientras a un tercero no lo marea ni dar veinte vueltas seguidas.
Y el más silencioso de los tres: la interocepción. Es el sentido que avisa desde adentro del cuerpo. Hambre, sed, ganas de ir al baño, el corazón acelerándose antes de una rabieta. Hay niños —y honestamente, hay adultos— en quienes esta señal llega tarde, o llega débil. No es que no les importe estar frente a una crisis. Es que muchas veces no la vieron venir, ni siquiera por dentro.
Por qué esto importa más de lo que parece
No te estoy contando esto para que memorices tres palabras nuevas. Te lo cuento porque estos tres sentidos son, casi siempre, los que están detrás de los momentos que más nos cuestan como madres y padres: la pataleta que «salió de la nada», el cuerpo que no para de moverse, el llanto por una etiqueta de ropa que a nosotros ni nos roza la piel.
Cuando no conocemos estos sentidos, la pregunta que nos hacemos frente a esos momentos es «¿por qué se porta así?». Es una pregunta razonable. Pero no es la que cambia algo.
La pregunta que sí cambia algo es otra: ¿qué está sintiendo su cuerpo en este momento?
Y esa pregunta solo se puede hacer bien si sabemos, aunque sea un poco, qué sentidos existen y cómo se pueden estar comportando distinto de los nuestros.
Aprender a habitar el momento difícil, no solo a resolverlo
Acá quiero ser honesta: nombrar estos sentidos no hace que la crisis desaparezca. No es magia, y no te lo voy a vender como si lo fuera. Lo que sí hace es darte un mapa — un lugar por dónde empezar a mirar, en vez de quedarte sola con la sensación de que no entiendes lo que está pasando frente a ti.
Y hay algo más, que para mí es incluso más importante: estos sentidos no son solo del niño. También son tuyos. Regularte a ti misma antes de intervenir —notar tu propio cuerpo, tu propio cansancio, tu propia alarma— es, literalmente, un acto de interocepción adulta. No es un gesto de fuerza de voluntad. Es aprender a notar lo que te pasa por dentro, antes de que la ola te tape a ti también.
Habitar un momento difícil no es sobrevivirlo apretando los dientes. Es entender, con toda la calma que se pueda reunir en ese instante, qué está pasando en dos cuerpos a la vez: el de tu hijo, y el tuyo.
Esto es solo el comienzo
Una sola mamá, en una sala llena de gente, conocía estos sentidos — y fue justamente porque ya había tenido que aprenderlos por necesidad. El resto no tuvo esa oportunidad antes.
Quiero cambiar eso. Por eso esto es el primer artículo de una serie: vamos a ir mirando, uno por uno, cómo se ve cada uno de estos sentidos en la vida real, y qué herramientas concretas —yoga, juego, rutina diaria— existen para acompañarlos, sin necesitar un diagnóstico para empezar a entenderlos.
Si esto resonó contigo, o si reconociste a tu hijo o hija en alguna de estas líneas, me encantaría que me lo cuentes. Y si crees que esta información le serviría a otra madre o padre que conoces, compártesela — nadie debería llegar a esto solo después de una crisis.